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Le damos la bienvenida a la Iglesia
Evangélica de la Gracia en Barcelona, España, y le invitamos a que
visite nuestra página web por gracia.es. Deseamos que Dios
le bendiga ahora a través de su palabra. Quiero invitarlos a que abran
sus Biblias allí en la carta de Pablo a los Colosenses, en
el capítulo 3. Y vamos a tener nuestra lectura
desde el versículo 1 hasta el 17. El sermón de hoy no va a
cubrir todos los 17 versículos. Vamos a hacerlo en dos partes.
Hoy es la primera parte. Deja ya tu antigua vida y el
próximo domingo tendremos la segunda. Vive tu nueva vida.
Así que es como complementario, ¿no? Vamos a tener esa pequeña
serie de dos sermones sobre este pasaje que vamos a leer a continuación.
Dice la palabra del Señor así, Si pues habéis resucitado con
Cristo, buscad las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la
diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de
arriba, no en las de la tierra, porque habéis muerto y vuestra
vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo vuestra
vida se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados
con él en gloria. Haced morir, pues, lo terrenal
en vosotros, fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos
deseos y avaricia, que es idolatría, cosas por las cuales la ira de
Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales
vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais
en ellas. Pero ahora dejad también vosotros
todas estas cosas, ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras
deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros,
habiéndoos despojados del viejo hombre con sus hechos y revestido
del nuevo, el cual, conforme a la imagen del que lo creó,
se va renovando hasta el conocimiento pleno, donde no hay griego ni
judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni ascita, siervo ni
libre, sino que Cristo es todo y en todos. Vestidos, pues, como
escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de
benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, soportándoos unos
a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tuviera queja contra
otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacerlo
vosotros. Y sobre todas estas cosas, vestidos
de amor, que es el vínculo perfecto. y la paz de Dios gobierne en
vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en
un solo cuerpo y sed agradecidos. La palabra de Cristo more en
abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en
toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones
al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. y todo
lo que hacéis sea de palabra o de hecho, hacerlo todo en el
nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios, Padre, por medio
de Él. Amén. Oramos, hermanos. Padre, queremos darte las gracias
porque una vez más podemos acercarnos a tu trono en el nombre de nuestro
Señor Jesucristo para rogarte, Padre, que tú estés hablando
a nuestro corazón, Señor. Habla nuestra vida esta mañana,
te lo rogamos. Tú sabes las necesidades que
tenemos. Tú conoces nuestro corazón porque
somos libros abiertos delante de ti. Por lo tanto, Señor, trata
con la necesidad que cada uno de nosotros tenemos. Háblanos,
Señor, y no nos dejes, Padre, salir de este lugar tal como
hemos entrado, sino utiliza tu preciosa y santa palabra, Señor,
para entrar en nuestro corazón, Señor, para Demoler, Señor, nuestros
ídolos, oh Dios, para acabar con nuestro orgullo, con nuestra
vanidad, oh Dios, y para que podamos atesorar allí dentro
esa preciosa palabra y la podamos cumplir con el poder de Tu Espíritu.
Oh Rey, te ruego por mis hermanos que Tú tengas misericordia de
ellos y no permitas que yo pronuncie palabra que esté alejada de Ti,
Señor. Oh Dios, que todo lo que hable sea lo que Tú hayas dicho,
Señor. Te lo ruego, Padre, en el nombre
de Cristo. Amén. Deja ya tu antigua vida, es el
título del sermón. Es imposible, hermanos, comenzar
sin tener en cuenta los hechos en Barcelona y en Cambrils, que
siguen allí frescos en nuestra mente, contrariada y abrumada,
como estamos por esta barbarie. sorprendidos de hasta dónde llega
la capacidad del ser humano para hacer el mal. Y esto produce
sentimientos en nuestro corazón, sentimientos de ira, sentimientos
de temor, sentimientos de rechazo, sentimientos de dolor y en algunos
casos incluso esa sed de venganza de la que comentaba el hermano
Jordi hace un momento. Emociones que surgen intensamente
cuando nos encontramos tan de cerca frente a la injusticia
y las barbaridades de los hombres. Pero también por otro lado surge
otro sentimiento, frente a la realidad de la muerte, surge
ese sentido de impotencia, de fragilidad que nos caracteriza
a los seres humanos. Entendemos que nuestra vida pende
de un hilo y que no hace falta llegar a ser mayor o estar enfermo
para que este hilo se reviente. No hace falta esto. Hace falta
solamente que estemos vivos para que este hilo se pueda reventar
en cualquier momento. Así es nuestra vida de frágiles, hermanos.
Y cuando nos encontramos en situaciones como esta, de verdad que nos
sentimos así, frágiles, débiles. Esas son las dos caras de la
realidad del ser humano, hermanos. Las dos caras de la moneda. La
maldad del corazón, de una parte, y la fragilidad de nuestra vida. Y eso lo vimos plasmado en forma
muy gráfica en esta semana. En un momento están matando y
a las pocas horas están cayendo muertos. En un tiempo están gozando
de los deleites de la vida, pero en un segundo esa vida se les
va de las manos. Esa es la realidad, queridos
hermanos, queridos amigos. Y frente a esa realidad pareciera
que no hay esperanza alguna. Pero yo quisiera decir que sí,
que sí hay esperanza, hermanos. Es verdad que debemos acercarnos
al Señor en una profunda reflexión en nuestro corazón para mirar
qué respuesta es válida para enfrentar el mal y para estar
preparados para nuestro encuentro con Dios a quien tenemos que
rendir cuentas un día de estos. Y la respuesta, hermanos, no
es vivir en un búnker encerrados allí o cambiar de ciudad como
si la muerte no pudiera atravesar las paredes o no pudiera cruzar
fronteras. No es, como dicen algunos, acabar
con todos ellos porque no quedaría ningún ser humano en la tierra.
No es vivir en una burbuja como si el pecado estuviese fuera
y no dentro de nuestro propio corazón. Estas no son las respuestas,
hermanos. La única respuesta es Cristo.
La única respuesta es escondernos detrás de Cristo, estar unidos
a Él, tener nuestros tesoros en el cielo, mirar al cielo y
buscar allí las cosas de arriba. Eso es lo que dice Pablo en este
pasaje. Permítame, hermanos, explicar
por qué razón la única respuesta es esta. El ser humano sin Cristo
se encuentra en la misma situación en la que nosotros nos encontrábamos
antes de conocerle, antes de que él nos llamara a su reino. Estábamos separados de Dios por
culpa de nuestro pecado. Estábamos muertos, muy muertos
en nuestros delitos y pecados. Éramos tan capaces de escuchar
la voz de Dios como un muerto en un ataúd. Éramos tan capaces
de amarlo y de entender su carácter y sus atributos como lo son los
huesos en un sepulcro. Así éramos nosotros, hermanos.
Nuestro cuerpo no era otra cosa que el ataúd de nuestra alma,
muerta en nuestros delitos y pecados. Allí yacía, con el hedor del
pecado y con los gusanos de la maldad carcomiendo todo nuestro
ser. Aunque parecíamos muy vivos,
con trajes de última temporada, conduciendo coches hermosos y
oliendo perfumes caros, Pero dentro nuestro espíritu inerte
aguardaba solamente el día en que el gran juez con su martillo
dictara la sentencia. Eres culpable de pecado. Eres culpable. Ahí está la sentencia, hermanos.
Y así estábamos nosotros antes de conocer a nuestro Señor. Esa
es la condición del ser humano sin Cristo. Así estamos, y muy
probablemente algunos de los que hoy están escuchándome todavía
están en esa situación. Así que perdona por ser tan descriptivo,
pero busco llamar tu atención hoy. No es un día para guardar
las falsas apariencias o para ser políticamente correcto. Así
que permítame ser muy descriptivo esta mañana. Quiero llamar la
atención del que aún está en aquella condición para que desees
ardientemente el deseo, ese llamado del Señor en tu corazón. Para
que anheles que Cristo te llame a su redil. Para que el Señor
orade tu oído con la lengua santa y puedas escuchar la voz del
Salvador llamándote a sus pies. Y cuando la escuches, corre,
corre al Señor, apresuradamente. Mientras que el Señor no haga
esto en tu corazón, no cambiese corazón de piedra por un corazón
de carne, que sea capaz de entender la situación en la que te encuentras,
estarás sumido en esa situación de la que he descrito anteriormente,
muerto espiritualmente. Pero también quiero llamar la
atención del que duda de su nuevo nacimiento. No esperes más. Asegúrate de comprobar si estás
viviendo solamente una religiosidad o una tradición familiar o una
forma de escapismo a tus problemas o si realmente el espíritu de
vida te ha visitado. Y si es así, abandona definitivamente
la tumba como Lázaro cuando escuchó la voz de Dios llamándolo. Lázaro,
ven fuera. Si estás vivo, no te quedes encerrado
en la tumba. ¿No te parece un lugar extraño
para vivir la vida? Sal de allí, como hizo Lázaro. Y los que no estamos en ese estado,
que el Señor ya por su misericordia y por su gracia nos ha salvado.
También quiero llamar la atención para que entendamos de manera
más clara y más profunda el gran valor de la obra de Cristo, el
gran valor del nuevo nacimiento al cual el Señor nos ha llamado. Esa obra que solamente el poder
del Espíritu ha obrado en nuestros corazones y deseamos, deseemos
ardientemente vivir como resucitados, hermanos. Pablo explica en este pasaje
Eso justamente. Estamos unidos con Cristo. Somos
uno con Cristo. Y recibimos los grandes beneficios
del Evangelio de aquellos a quienes el Señor ha querido llamar, de
aquellos a quienes el Señor ha escogido para salvación. Y comienza
entonces Pablo diciendo eso justamente. Si pues habéis resucitado con
Cristo, buscad las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la
diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de
arriba, no en las de la tierra. ¿Eres cristiano? ¿Has nacido
de nuevo? ¿Crees que el Señor te ha salvado
y te ha traído a novedad de vida? Si tu respuesta es sí, busca
las cosas de arriba, dice el Señor, allí donde está tu Salvador. Pon tu mira, apunta a las cosas
eternas, deja ya de mirar las cosas de la tierra como si añoraras
el mundo de los muertos. No repitas la historia de Israel,
que en vez de anhelar entrar a la tierra prometida y desear
llegar a ese lugar, miraba hacia atrás a la esclavitud de Egipto
y deseaba volver allí. No seas como ellos. Haz como
los hombres de fe de los que hablan hebreos. Confías a que
eres extranjero y peregrino en esta tierra. Porque entiendes
que buscas una mejor patria, la patria celestial. No pienses
en regresar de donde saliste. Anhela una mejor esa patria que
nos está preparando nuestro Señor Jesucristo. y haz tuyas las palabras
por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse tu Dios Cristo te está preparando un
lugar en el cielo prepárate tú también querido hermano que tu
tesoro está en el cielo y no en la tierra porque allí donde
está tu tesoro estará también tu corazón ¿Qué es poner la mira en las
cosas de arriba? Es una buena pregunta. ¿Qué es
esto que el apóstol Pablo nos manda? Poner las cosas en la
mira de arriba. Mirar al Padre de Gloria es mirar
hacia arriba. es mirar a nuestro buen Dios
sentado en su trono majestuoso, santo, poderoso que sostiene
la creación con su mano que las nubes son el polvo de sus pisadas
que con una mirada solamente puede
hacer temblar los montes mira hacia arriba, allí está Él sentado
piensa en Él medita en sus atributos, en su bondad Medita en su santidad, medita
en su carácter, ¿quién es él? Amale, amale profundamente y
desea estar a su lado más que cualquier otra cosa en el mundo.
Poner la mira en las cosas de arriba, queridos hermanos, es
exclamar, como dijo el salmista, ¿a quién tengo yo en los cielos
sino a ti? Y nada deseo en la tierra más
que esto. que es poner la mirada en las
cosas de arriba, sino también mirar a Cristo, verdadero Dios
y verdadero hombre sentado a la diestra del Padre. Es amarle,
es recordar y anunciar su obra en la Cruz del Calvario, es atesorar
esas palabras preciosas que Él nos ha dejado cuando revela al
Padre en su venida aquí en la tierra y verlo allí como el gran
Señor. Es contemplar a tu glorioso Salvador
y verlo allí, a la diestra de nuestro buen Padre, intercediendo
por ti cuando tú oras al Señor, cuando te inclinas en reverencia,
clamando al nombre del Señor. Allí está el Hijo intercediendo
por ti, querido hermano. Cuando pones la mirada en las
cosas de arriba, estás viendo a Cristo intercediendo por ti. Poner nuestra mirada en las cosas
de arriba es creer firmemente que Él está preparando un lugar
para ti, que Él está preparándote un lugar y allí tú estarás pronto. ¿No te parece extraordinario,
querido hermano, poner tu mira en las cosas de arriba y dejar
de mirar las cosas de la tierra que en nada se comparan con los
goces celestiales? Poner tu mirada en las cosas
de arriba es confiar en las promesas de nuestro buen Dios. Son firmes,
hermanos. Son ciertísimas. Las vemos cada
día a nuestro lado. Hoy estamos aquí sentados por
su misericordia, porque Él ha estado cumpliendo cada día, cada
segundo, sus promesas con sus hijos, con nosotros. Poner nuestra mira en los cielos,
hermanos, es entender que Él enjugará todas nuestras lágrimas. Aquellas lágrimas que derramamos
esta semana por los acontecimientos ocurridos y las muchas que hemos
derramado a lo largo de nuestra historia y que seguramente vamos
a seguir derramando. Allí a su lado tendremos el consuelo. Dios nos abrazará y nos estrechará
contra su pecho. Allí estaremos a su lado para
siempre hermanos. Eso es poner nuestra mirada en
las cosas de arriba. Poner nuestra mirada en las cosas
de arriba, hermanos, es el antídoto contra las depresiones, contra
las angustias, contra las quejas y los afanes de este mundo. Porque
para mirar al cielo te es necesario dejar de mirarte a ti mismo.
Cuando haces esto, cuando te dejas de mirar a ti mismo y pones
la mirada en el cielo, entonces tu lamento se convierte en baile.
Tus angustias en esperanza, queridos hermanos, y tus afanes en certezas,
y tus quejas en un profundo contentamiento. Por el cuidado de nuestro buen
Dios. Poner tu mirada en las cosas
de arriba, queridos hermanos, es, en resumen, dejar de vivir
tu antigua vida y vivir cada día más como vivirás allí en
el cielo. Eso es dejar de mirar a la tierra
y mirar arriba. De ahí el título de este sermón,
queridos hermanos. Deja ya tu antigua vida. Déjala ya. Porque habéis muerto,
dice Pablo en el versículo 3. Habéis muerto y vuestra vida
está escondida en Cristo, con Cristo en Dios. Solo un verdadero
cristiano que está buscando esas cosas de arriba, está mirando
a Cristo sentado a la diestra de Dios y entiende que Cristo
es su vida. Si no puedes ver a Cristo, estás
muerto. Él es tu vida. en él encuentras todo el regocijo
y la razón de tu existencia y aguarda con paciencia ese día de Cristo
tal como afirma el versículo 4 porque cuando Cristo vuestra
vida se manifieste entonces vosotros también seréis manifestados con
él en gloria eso es hermanos ¿No merece la pena mirar al cielo
y dejar de mirar la tierra? ¿Qué estamos viendo en la tierra,
queridos hermanos? Si no solo miseria, solo podredumbre, solo
hedor a pecado. Eso es lo que hay en el mundo,
hermanos. Levantemos nuestra mirada a los
cielos y miremos allí a nuestro buen padre, miremos al hijo sentado
allí a su diestra preparándonos un lugar con esa esperanza gloriosa de
que un día estaremos allí a su lado. Y Pablo explica a continuación
del versículo 5 qué significa eso de dejar tu antigua vida.
¿Qué significa vivir como escondidos en Cristo? Es hacer morir, dice
Pablo, pues lo terrenal en vosotros, fornicación, impureza, pasiones
desordenados, malos deseos y avaricia que es idolatría. Es una lista de cinco pecados
que enumera allí Pablo. Yo quisiera antes de recabar
en cada uno de ellos, Indicar tres cosas de esta lista, hermanos.
En primer lugar, no es una lista completa de todos los posibles
pecados, no es una lista exhaustiva de todas aquellas cosas que el
ser humano puede llegar a cometer, pero es una lista representativa
de la condición del hombre sin Cristo. Allí está dibujada, pintada,
trazada con el pincel de la palabra. Esa es la vida del hombre sin
Cristo. En segundo lugar, señalar hermanos que esta lista de pecados
está relacionada con nuestra santificación personal. Hay otra
lista un poco más adelante, aquí ya está relacionada más con cómo
trato con mi prójimo, pero esta tiene que ver en mi relación
con Dios directamente. En tercer lugar, esta lista de
pecados van desde lo exterior, desde la superficie de la vida
hasta el centro mismo del corazón. como si fuesen planetas allí
girando en torno al sol. Y vamos a comenzar desde el que
está más lejos. Y es que, efectivamente, cuando
el Señor habla de la fornicación, está hablando de la exteriorización
de la maldad del corazón, que está representada por esa práctica
de las relaciones sexuales ilícitas y clandestinas, alejadas completamente
del orden bíblico, dentro de un matrimonio que sea legítimo
entre un hombre y una mujer. La Biblia, queridos hermanos
y queridos amigos, condena abierta y específicamente tales prácticas.
Son abominables a los ojos de Dios porque pervierten el sentido
mismo de la unión matrimonial, que no es otra cosa que la sombra
de la relación entre Cristo y su iglesia, su amada. El mundo, aquel mundo del cual
hemos estado hablando, No solamente es condescendiente con este pecado,
sino que lo aplaude y lo fomenta. ¿O qué cosa es esta, de que haya
dispensadores de preservativos en los institutos, en las universidades,
sino fomentar este pecado? ¿Qué cosa es las películas que
vemos constantemente en la televisión, los concursos, todas estas realities? que no muestran sino la perversión
del hombre. La misma publicidad que aparece
constantemente en todos los lugares, aún en las pancartas que cuelgan
en las paradas de los autobuses, están fomentando, están haciendo
apologías, defendiendo la, entre comillas, la libertad de expresar
la sexualidad sin ninguna clase de orden. Hermanos, el mundo
ve la fornicación y toda suerte de expresiones sexuales no legitimadas
por el Creador como algo normal, como algo natural, como algo
deseable incluso. Pero Dios, vuelvo y repito, condena
estas prácticas, las aborrece, está airado con quienes las practican.
Si es verdad que perteneces al mundo de los vivos y no de los
muertos, el cristiano que está unido a Cristo también aborrece
estas prácticas. la rechaza en su corazón. Pero
la fornicación no es espontánea, queridos hermanos. Es fruto de
la impureza en el corazón. Ese otro pecado que señala Pablo
allí, ¿no? La impureza. Es la segunda de
la lista. La obra pecaminosa brota de pensamientos
pecaminosos. No se genera allí espontáneamente.
Se cultiva en nuestros pensamientos, en nuestra mente. La fornicación
brota de la impureza de la mente. No hace falta llegar al extremo
de cometer el acto de la fornicación o del adulterio. Jesús mismo lo dice en su palabra. Una mirada lujuriosa es igual
al acto mismo. ¿Cuántos hombres andan por allí
buscando entre las mujeres una razón para fornicar con ella
en su corazón? ¿Y cuántas mujeres se visten
y actúan de manera indecente para provocar esas miradas y
por tanto también tienen un corazón fornicario y perverso. Claro está que las impurezas
no tienen que ver solamente con los actos o con los pensamientos,
también las miradas, los gestos, las actitudes, los chistes, las
risas, las burlas de algo tan especial. como es el sexo. Hermanos, si seguimos explorando
la lista, vamos a pasar por las pasiones desordenadas y los deseos
perversos, y ahí vamos a llegar a la avaricia, que es igual a
la idolatría, dice Pablo. Avaricia, que es idolatría. Así
como la obra pecaminosa brota de pensamientos pecaminosos,
los pensamientos pecaminosos brotan de un corazón engañoso
y perverso, como dice Jeremías. En otras palabras, al cavar un
poco más profundo llegamos al centro del problema, que es el
corazón del hombre. Ese corazón apresado por la idolatría,
la cual se puede vestir de mil colores y ponerse mil máscaras,
de todo tipo, pero en el fondo tienen ese mismo problema. Rehusan
pérfidamente adorar a su creador y entonces adoran a cualquier
dios que se crean ellos mismos. Adoran al dios de la avaricia
insaciable como es este dios. Adoran al dios del sexo, al dios
de la fama, al dios de la religiosidad, o a cualquier otro dios que el
ser humano sabe fabricar con tanta fluidez. Hermanos y amigos, yo no quisiera
dejar la impresión que estoy dando simplemente una cátedra
de moralismo, porque no es así. No quiero que se piense que el
verdadero cristianismo consiste en alcanzar una conducta moral
intachable. No, hermanos, no es así. Estoy
hablando en términos espirituales y no de la conducta exterior.
Estoy intentando dejar claro que el verdadero problema es
el que brota del corazón del ser humano y no sólo de cómo
se expresa exteriormente. La diferencia entonces entre
el moralista y el cristiano es esta, hermano, que la persona
puede tener una conducta y un comportamiento excelente, pero
es un corazón sucio y podrido que huele a cloaca. El Señor ya lo advirtió en su
palabra, dice, hay de vosotros escribas y fariseos hipócritas
porque sois semejantes a sepulcros blanqueados que por fuera la
verdad se muestran hermosos, lúcidos, mas por dentro están
llenos de huesos muertos y de toda inmundicia. Ya el Señor
lo advirtió. La diferencia entre el cristiano
y el moralista pagano es esa. El cristiano sabe que aquellos
pecados no pueden ser tratados sino solamente por el poder del
Espíritu de Cristo que puede proveer, que provee un corazón
nuevo. No hay otra manera, queridos
hermanos. No hay otra manera. Ni la fuerza de voluntad, ni
la buena educación sirven para ello. No existe poder alguno
en todo el universo que pueda romper las cadenas de la muerte
espiritual que se manifiesta en ese hedor de pecados como
estos. Sólo Cristo puede suplir ese
poder y sólo un corazón resucitado con Cristo tiene el poder de
amar más a Dios que al mundo y que vivir una vida como de resucitado Haced morir, dice Pablo, en las
primeras dos palabras de ese versículo 5. Haced morir. ¿Qué significa esto? Matar. Haced morir es matar. Podríamos
leerlo así. Mátalo terrenal en ti y en tus
miembros. Acesta un golpe mortal a aquellas
prácticas pecaminosas, aquellas que pertenecen al mundo de los
muertos. No las dejes malheridas ni adormiladas. Acaba con ellas. Sepárate definitivamente
de aquellos pecados en los cuales anduviste en otro tiempo cuando
estabas muerto. No los dejes encerrados en la
última habitación de tu corazón como si de allí no pudiese escapar.
No, quítale hasta el último aliento. No des alimento para sostenerlos. Déjalos sin oxígeno que les permite
respirar. No les des agua, ni una gota. Piensa que son cosas por las
cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia tal
como dice en el versículo 6. Querido hermano, usa los medios
que Dios te ha dado para librar esta batalla. Tú no puedes, por
más universitario que seas, Por más dinero que tengas, por más
voluntad regia que tengas en tu carácter, no puedes vencer
estos pecados si Cristo no está contigo. Si no acudes a esos
medios que el Señor ha provisto para el creyente, esa seguridad
de que Cristo está en ti, que el Espíritu del Señor mora en
tu corazón, esa fe de que tú vas al lado del Señor. Esa oración
que el Señor nos ha provisto, esa posibilidad de llegar al
trono de la gracia y saber que Él nos escucha, que sabe nuestra
condición. ¿Se acuerda que somos polvo?
Que lo necesitamos a Él. Él lo sabe, hermanos. Y ahí está
Cristo intercediendo por nosotros. Acudamos a Él en oración, queridos
hermanos. Es sacar la espada de la palabra. y no dejarla allí en la vaina.
Hay que sacar la espada, hermanos. Quisiera contar un chiste un
poco para rebajar la tensión. Un pastor fue a visitar a una
familia, un día de estos. Fue a visitar a la familia, estuvieron
cenando todos juntos, el pastor se marchó y luego la esposa corre
donde el marido y le dice ¿Sabes qué? El pastor se robó un cuchillo. ¿Cómo así? Sí, se robó un cuchillo.
No aparece este cuchillo. Lo he buscado por todas partes
y no está. Bueno, el tema quedó allí y al siguiente año, un año
después, vuelven a invitar al pastor a cenar. Allí en medio
de la cena, la mujer no se queda con las ganas de preguntarle.
Pastor, usted se robó un cuchillo el año pasado. El pastor le dice
no, saca tu Biblia que allí lo dejé marcando un pasaje bíblico. Un año sin leer la Biblia. Mira
el pasaje donde dejé el cuchillo. La palabra de Dios es espada
de dos filos decía aquel pasaje. Acude a la palabra del Señor
querido hermano, acude a ella. Dice la palabra, que la palabra
de Dios es la espada del espíritu. Es la espada del espíritu. Es
el arma con la cual nos defendemos. Ten la fe puesta en tu salvador,
querido hermano. Si quieres vencer aquellos pecados,
acude a tu iglesia. Tienes hermanos que comparten
tu misma fe, que luchan las mismas batallas. Tienes personas que
te aman y que quieren ayudarte. No te quedes solo, guardado en
tu cuarto, luchando y batallando contra aquellos pecados. Acude
al Señor, acude a su iglesia, acude a la Palabra. Ven en oración
al Señor. Recuerda la fe que el Señor te
ha puesto. Vístete, como dice Pablo en los Efesios, de ese
yelmo de la salvación, de ese escudo de la fe, de esa espada
de la Palabra. de ese calzado del Evangelio,
de ese cinturón de la verdad, de esa coraza de la justicia. Vístete
de eso, querido hermano. Estás en el campo de batalla.
Como dijo un día el Pastor David, no estás de pinga en el mundo.
Estás en batalla, querido hermano. Hay que pelear la buena batalla. Recuerda, querido hermano, que
has dejado de ser hijo de desobediencia y ahora eres hijo de Dios. Da un sí y un amén a lo que dijo
el apóstol Pedro, allí en Primera de Pedro. Voy a leerlo. Puesto
que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también,
armados del mismo pensamiento, dice Pedro. pues quien ha padecido
en la carne terminó con el pecado para no vivir el tiempo que resta
en la carne conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme
a la voluntad de Dios. Basta ya el tiempo pasado para
haber hecho lo que agrada a los gentiles, andando en lascivias,
concupiscencias, embriagueces, orgías, disipación y abominables
idolatrías. Ármate del mismo pensamiento,
dice Pedro, y pelea la buena batalla contra el pecado. No
vivas el tiempo que te resta en este mundo como lo solías
hacer cuando estabas muerto en tus delitos y pecados. Alza tus
ojos al cielo y mira al Padre contemplando tu vida. Todas las
cosas están desnudas y abiertas a los ojos de Aquel a quien tenemos
que dar cuentas, queridos hermanos. Mira al Hijo a la diestra del
Padre preparándote un lugar y haz la voluntad de Dios. Basta ya
los años malgastados en tu vida pasada, querido hermano, agradando
al mundo, al mundo de los muertos, y ahora agrada a tu Salvador,
agrada a tu Dios. Deja ya tu antigua vida, querido
hermano. Queridos hermanos, hemos contemplado
y vivido muy de cerca el significado del terrorismo, el asesinato
con alevosía y premeditación, un pecado terrible a los ojos
de Dios. Todos nos sentimos abatidos,
tristes y también con rabia por esto que ha sucedido. El mundo
se conmociona ante este tipo de pecados condenable e inexcusable. Pero queridos hermanos y queridos
amigos, la realidad es mucho más trágica que esto que hemos
vivido tan de cerca. Hay un mundo muerto, hay un mundo
podrido, es el mundo de los muertos. Cada minuto y en cada lugar del
mundo se producen pecados abominables a los ojos de Dios. los abortos,
los adulterios, el consumo de drogas, la pedofilia, la pornografía,
los actos violentos, la defiguración del matrimonio, la ambición desmedida
por el dinero y un largo etcétera, etcétera, etcétera, son el pan
de día, de cada día en este mundo de los muertos. Pero ante ellos
el pecado, el mundo no se sorprende por estos pecados, hermanos.
¿Y saben por qué? Porque su olfato se ha acostumbrado
al hedor del pecado. ¿Saben ustedes, hermanos, que
el olfato es el sentido que se acostuma más rápidamente al olor?
Entra tú a un lugar que huele mal y a los dos minutos ya dejas
de oler ese mal. Y eso le pasa al mundo. Ha dejado
de oler porque está acostumbrado al hedor del pecado aledor de
la muerte espiritual. Muchos aplauden y felicitan por
cosas como esas que acabo de enumerar. Pero Dios es un Dios
justo y Dios está airado contra el impío cada minuto. Querido
hermano, querido amigo, Dios no se cruza de brazos, Dios no
hace la vista gorda frente al pecado. Hay un día del juicio
Un día en el cual cada uno de nosotros nos presentaremos delante
de él para rendir cuentas de nuestra vida. Pero hermanos, pensándolo bien,
nosotros no nos deberíamos extrañar que el mundo practique estas
cosas porque al fin y al cabo es el mundo de los muertos separados
de Dios. Lo que resultaría extrañamente
paradójico es que tú, siendo creyente en Cristo, no levantes
tu mirada al cielo donde está Cristo sentado a la diestra de
Dios. Que no pusieras tu mirada en
lo eterno y en su lugar siguieras mirando al mundo como deseando
volver a estar muerto. Espero y confío que no sea así. Confío en que con el poder del
Espíritu Santo estés matando lo terrenal en tu vida, que estés
poniendo tus manos en el cuello de aquellos pecados que Dios
detesta y aborrece y que estés apretando con fuerza hasta que
dejen de moverse en tu corazón. Que estés viviendo la vida del
resucitado por Cristo y que estés despojándote de tus mortajas
y que puedas exclamar junto con el profeta Isaías En gran manera
me gozaré en Jehová. Mi alma se alegrará en mi Dios,
porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó con mantos
de justicia, como a novio me atabió y como a novia adornada
con sus joyas. Porque como la tierra produce
su renuevo y como el huerto hace brotar su semilla, así Jehová
el Señor hará brotar justicia y alabanza delante de todas las
naciones. Amén. Que así sea, hermanos.
Esa es nuestra esperanza. Un día este mundo pasará y vendrá
un mundo nuevo. Y allí yo quiero estar con mi
Señor. ¿Tú también quieres estar, hermano? Amén. Oremos al Señor. Padre, te alabamos en esta mañana. Te agradecemos por tu palabra,
Señor. Sabemos que es palabra que penetra hasta lo más profundo
de nuestro ser, como espada de dos filos que es, disierne nuestros
pensamientos y las intenciones de nuestro corazón. Ante ti,
Señor, estamos desnudos, como dice tu palabra. ¿Qué podemos
decir? sino rogarte Señor que tengas
misericordia que limpies nuestro corazón que nos ayude Señor en
esta batalla que tenemos que librar Oh, Señor, ayúdenos a
poner los ojos en el cielo, a mirarte a ti, a desear, Señor, aquel
día glorioso cuando Cristo vuelva por su iglesia. Allí queremos
estar, Señor, para contemplar tu gloria, para arrojar, Señor,
nuestras coronas delante de los pies de Cristo y decir, santo,
santo, santo es el Señor. Queremos hacerlo, Señor. Pero
estamos aquí en la tierra, Padre, en una dura batalla que con nuestras
fuerzas no podemos librar. Te rogamos que tu espíritu nos
dé la fortaleza, Señor, para salir victoriosos, porque al
fin y al cabo es tu batalla, Señor, no la nuestra. Gracias
Padre por habernos redimido para vivir la vida de Cristo, la vida
del resucitado de nuestro buen Dios, a quien es la gloria por
los siglos de los siglos.
Deja tu antigua vida
| Sermon ID | 8261783490 |
| Duration | 43:31 |
| Date | |
| Category | Sunday Service |
| Bible Text | Colossians 3:1-17 |
| Language | Spanish |
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