00:00
00:00
00:01
Transcript
1/0
al Señor. Padre nuestro que estás en los cielos, qué maravilloso es pensar y meditar en la verdad de que tú nos llevarás contigo, Señor, a tu gloria. Qué maravilloso es pensar en aquella ciudad celestial cuyo fundamento y arquitecto eres tú, Señor, quien la ha preparado para nosotros, que merecíamos la condenación y el castigo eterno, Señor, tú Tomaste nuestros pecados y los clavaste en la cruz, en esa cruz. Donde nos has perdonado, Señor, qué maravilla es que no hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús.
Pero estamos en Cristo por tu gracia, Señor. Fue el designio de tu voluntad. Así tú lo quisiste, Padre. Y por eso te adoramos, Señor. Eternamente te alabaremos por ello, Padre. Gracias por este tiempo en el que vamos a meditar tu palabra.
Señor, te pedimos que nos edifiques una vez más, que nos amonestes, que nos enseñes, Señor, que informes a nuestra conciencia, a nuestra razón, a nuestra mente. Lo que vamos a meditar hoy, Señor, que tu espíritu venga a nosotros y nos revele para que podamos comprender más, Señor, la gran responsabilidad y privilegio maravilloso que tenemos, señor, de ser, de ser tu pueblo, de ser tus hijos, y te pedimos que nos ayudes a comprender la, las profundidades de tu palabra, señor. En Cristo Jesús, te damos gracias por ello, señor. Amén. Amén.
Vamos a leer estos tres versos, hermanos. Dice así, si estamos ahí, Dice, porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse. Pero la tristeza del mundo produce muerte, porque he aquí esto mismo, de que hayáis sido contristados según Dios. ¿Qué solicitud produjo en vosotros? ¿Qué defensa? ¿Qué indignación? ¿Qué temor? ¿Qué ardiente afecto? ¿Qué celo? ¿Y qué vindicación? En todos habéis mostrado limpios en el asunto. Así que, aunque os escribí, no fue por causa del que cometió el agravio ni por causa del que lo padeció, sino para que se os hiciese manifiesta nuestra solicitud que tenemos por vosotros delante de Dios. Amén.
Hermanos, vamos a meditar ahora acerca del arrepentimiento, del arrepentimiento, en este caso, del arrepentimiento continuo de nuestras vidas. El tema del arrepentimiento, hermanos, es tan prominente en el Viejo Testamento y tanto como en el Nuevo Testamento.
Después de leerles estos versos, hermanos, les voy a leer otro más. Óigan lo que dice Jeremías 8.6. Dice, no hay hombre que se arrepienta de su mal. Eso no existe en esta tierra. Un hombre que se arrepienta de su mal diciendo qué es de hacer. Generalmente no existe. Es Dios quien nos da su gracia, quien nos da el don del arrepentimiento. No hay hombre que se arrepienta de su mal. Eso se lo decía al pueblo antiguo y constantemente nosotros sabemos la amonestación del Señor. hacia su pueblo, de que dejara los pecados y se volviera al Señor.
Pero eso no es solo en el Antiguo Testamento, en el Nuevo también. Oiga lo que vamos a leer, hermano, yo se los leo. Y esto ya es en la revelación del Espíritu, Juan a las iglesias del Apocalipsis, que son siete iglesias, que son iglesias del Señor, donde el Señor está en medio de su pueblo, en medio de sus iglesias, porque así comienza el libro de Apocalipsis. Él le dice a la iglesia de Éfeso, dice, que se arrepienta y que vuelva a las primeras obras. Y le hace una advertencia, le dice, y si no te arrepientes, yo voy a venir y voy a quitar tu candelero, si no te hubieras arrepentido. Sin embargo, hermanos, esta iglesia de Éfeso, era una iglesia que trabajaba muy duro, que tenía paciencia, que podía identificar la verdad de la mentira, que había sufrido, que no habían desmayado, que aborrecía la maldad, pero, sin embargo, habían dejado su primer amor. Y el Señor le dice, arrepiéntete. Tienen de qué arrepentirse.
A la iglesia de Tiatira, Dios le manda que se arrepienta. A la iglesia de Sardis le dice, acuérdate de lo que has recibido y oído y guárdalo y arrepiéntete. Si no, vendré a ti. Ustedes ven, hermano, la constante, el constante llamado de Dios hacia su pueblo al arrepentimiento.
De manera, hermano, que el arrepentimiento es una constante. Y debe ser, y es conocida por muchos de nosotros, por todos los cristianos. Debería de ser conocido, hermano. el arrepentimiento por aquellos que han escuchado el evangelio, que han creído en el evangelio y que han sido sellados por el Espíritu Santo. Nosotros tenemos que tener esa conciencia del arrepentimiento.
Claro, nosotros ya fuimos, ya nos arrepentimos una vez cuando nosotros creímos en el evangelio y fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa. Ese es el arrepentimiento inicial. Pero no por decir que ya nosotros nos arrepentimos y de que creímos en Cristo Jesús. Eso es suficiente. Es suficiente en el sentido de la salvación. Pero no es así. Porque el arrepentimiento es un acto continuo de nuestra parte.
Eso, hermano, al igual que perdonar. Cuando nosotros venimos a Cristo y comprendemos el perdón, ¿cuántas veces nosotros tenemos que perdonar? Nosotros tenemos que perdonar siempre. Eso es igual que orar. ¿Cuántas veces nosotros tenemos que orar? Tenemos que orar siempre. Así de la misma manera es el arrepentimiento. ¿Cuántas veces tenemos que arrepentirnos? Siempre tenemos que arrepentirnos.
Pero el arrepentimiento, hermanos, es según Dios, porque el hombre no puede arrepentirse, como ya mencionamos. El arrepentimiento que es según Dios, ese arrepentimiento produce una tristeza. Y esa tristeza lleva al arrepentimiento, pero no es un arrepentimiento verbal, es decir, me arrepiento y ya, lo siento, no lo vuelvo a hacer y ya, no. Ese arrepentimiento produce fruto, hay un efecto visible de ese arrepentimiento como resultado. No solo es el hecho de hablar, porque las palabras sin fruto, no sirven. El Señor dice que no amemos de palabras. Dice, no améis de palabras ni de boca, sino de hecho y en verdad. Si no hay cambio, hay un problema.
Pero si yo ya me arrepentí, ¿para qué tengo que hacerlo? ¿Por qué tengo que hacerlo constantemente? ¿Cuál es el objetivo de eso? Bueno, hermanos, nosotros tenemos una confesión que nos que nos enseña, es una síntesis, es un concentrado de la escritura en realidad, donde se nos habla en el capítulo 15, la confesión nos dice de que nosotros nos arrepentimos inicialmente para vida eterna y fue Dios quien nos llamó a ese arrepentimiento. Eso lo dice Tito, capítulo 3, verso 4. Dice, cuando nosotros andábamos en la ignorancia de nuestro corazón, Dios nos llamó al arrepentimiento.
Ahora, de ahí hacia adelante, de ahí en adelante, El párrafo dos nos dice, hermanos, y lo voy a leer bíblicamente, primero nos dice Ecclesiastes 7.20, dice así, ciertamente no hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque, por eso tenemos que arrepentirnos. No hay hombre justo en esta tierra que haga el bien. y que nunca peque. En un sentido, hermano, nosotros somos perdonados, pero no somos justos en el amplio sentido de la palabra. Nosotros no somos justos, somos justificados por Cristo Jesús, pero nuestro pecado permanece. Y eso lo Lo dice el rey Salomón. Que haga el bien y nunca peque. Dice Proverbio 29. ¿Quién podrá decir? Yo he limpiado mi corazón. Limpio estoy de mi pecado. ¿Quién puede decir eso, hermano? Ahora mismo nadie puede decir eso. Yo no puedo decir que yo he limpiado mi corazón. Porque yo no he limpiado mi corazón. Es Dios quien me ha perdonado en Cristo. Pero eso es una evidencia, hermanos, de que el pecado está siempre delante de nosotros.
Pero Dios en su pacto, hermanos, recuérdense siempre, esa palabra nosotros la mencionamos, Dios en su pacto. Él ha provisto la gracia, esa gracia maravillosa, hermanos, de que los creyentes que pequen sean renovados mediante el arrepentimiento. Eso no es para el mundo, eso no existe para el mundo, para el impío no existe eso, para el hombre natural. Eso es exclusivamente para su pueblo, aquellos que han entrado en pacto con Dios.
Dice de primera de Juan capítulo 1 verso 9, oiga lo que dice hermano, dice, si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Pero eso no es para todo el mundo. Es eso que el apóstol dice, que él es fiel y justo. Él es fiel y justo a su pacto y por su pacto en Cristo es que él nos perdona. Pero eso está limitado a su pacto.
Pero por supuesto, para que eso sea una realidad, hermanos, nosotros tenemos que confesar. dice el lucas 22 31 simón simón es aquí que satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo pero yo he rogado por ti para que tu fe no falte lo que lo que nosotros comprendemos en esto hermano es que fue zarandeado pedro y todos somos zarandeados pero nuestro señor jesucristo ha orado para que nuestra fe no falte eso también está dentro dentro del pacto.
Por eso, hermano, la oración del impío, en vez de ser una ayuda, es un pecado. Este arrepentimiento es una gracia del cielo, donde la obra del Espíritu Santo, hermano, hace consciente a la persona de sus maldades, nos hace conscientes de nuestros pecados por la fe. ¿Para qué, hermano? Para que nosotros aborrezcamos el pecado. Para eso mismo. para que nosotros orando pidamos perdón con el propósito y único propósito de andar siempre delante de Dios para agradarle en todo. Ese es el objetivo del arrepentimiento. Eso es lo que persigue el arrepentimiento.
Claro, hermanos, para eso tenemos que confesar nuestros pecados. Dice Proverbio 28.13. Nosotros conocemos ese verso muy bien. El que encubre su pecado, sus pecados, ese no prosperará. A ese no le irá bien. No hay manera de que le vaya bien. Y si leemos en el Salmo treinta y dos cinco, precisamente lo leímos esta mañana, hermano. Y aquí el salmista dice mi pecado te declaré. Para eso tuvo que haber venido la provisión de Dios al profeta, como nosotros sabemos, digo, al rey, al rey David, como nosotros sabemos, dice, y no encubrí mi iniquidad. Y yo dije, confesaré mis transgresiones a Jehová, y tú perdonaste la maldad de mis pecados. ¿Ves, hermano? La confesión tiene que ir primero. Si no hay confesión, no hay arrepentimiento.
El apóstol Pablo decía, ¿quién me podrá librar de este cuerpo de muerte? Porque está ahí el pecado, hermano, está ahí. No le podemos arrancar las manchas al leopardo, dice el Señor. El etíope no puede cambiar la piel. Y esos son muchos de los ejemplos que nosotros tenemos, hermano. Pablo dice, yo era blasfemo, injuriador, perseguidor. tenemos el ejemplo de saqueo en lucas 19 dice que era ábaro y así hermano la lista de pecados si nosotros enumeramos nuestros pecados son interminables están ahí constantemente por eso se hace necesaria necesario hermano el constante arrepentimiento y Dios en su gracia nos lo ha provisto así que nosotros tenemos que ser hermanos muy conscientes de nuestro pecado y responsables hermano y que nuestra nuestro arrepentimiento sea sea genuino como hemos estado leyendo últimamente en los atributos los en el libro que estamos leyendo de de la escuela dominical, donde hablamos de las artimañas, perdón, de Satanás.
En la artimaña número tres, sobre todo, donde el enemigo hace que las almas desprecien esta preciosa gracia del arrepentimiento. Pero, por supuesto, hermano, como toda gracia del Señor requiere esfuerzo, requiere diligencia, requiere trabajo espiritual, lucha espiritual. Pero no nos podemos dejar ganar la batalla, hermano. No podemos perder la batalla. Tenemos que seguir luchando.
Y eso es lo que nosotros vemos en esta iglesia, hermano, en la iglesia de Corintio. La iglesia de Corintio era una iglesia un poco complicada. Si leemos desde los comienzos, desde el comienzo, nosotros sabemos que era una iglesia del Señor, porque Pablo lo dice. Una iglesia que estaba enriquecida en todo. Pero, sin embargo, nosotros vemos altas y bajas, altas y bajas en la vida de esta iglesia, hermano. Al igual que en las iglesias del apocalipsis, donde el Señor ve cosas buenas, pero también ve cosas malas.
Lo ideal sería, hermano, que una vez que nosotros corrijamos un problema, un pecado, lo ideal sería que no lo volviéramos a cometer. Pero nosotros volvemos a cometerlo. Y nos cuesta trabajo aprender, hermano. A mí me cuesta trabajo aprender. Nos cuesta trabajo aprender. Y por eso tenemos que arrepentirnos siempre. Los jóvenes tienen que arrepentirse. Los adultos tienen que arrepentirse. Los de mayor edad tienen que arrepentirse. Porque todo el mundo peca. Hasta el día de nuestra muerte, nosotros vamos a pecar.
Nosotros vemos aquí, hermanos, la respuesta ante la carta que Pablo les envía a la iglesia de Corintio y ellos responden de una manera maravillosa. Pero, sin embargo, más adelante parece ser que ya no tenían el mismo, esa misma, la misma reacción espiritual que ocasionó esta carta. Y no sé, más adelante algunos decían, este Pablo es débil, como orador es un fracaso, decía, su apariencia personal es, Es débil. Y así vamos, hermano. Y así nosotros vamos también. Hermanos, tenemos altas espirituales, bajas espirituales, pero que no se nos olvide de la lucha. Por eso debemos buscar siempre al Señor en arrepentimiento. Eso es lo que Dios espera de nosotros, que nos arrepintamos. Junto con la salvación, Dios nos otorga este medio para que corrijamos lo deficiente siempre. Que lo cojo no se salga del camino, hermano, y ese debe ser nuestro avivamiento espiritual constantemente.
Pero ¿cómo nos arrepentimos nosotros? ¿Cómo nos arrepentimos, hermano? ¿Qué hacemos? Esta pregunta se la hicieron a Juan y la vamos a ver ahora.
Bueno, primeramente reconocer nuestros pecados. Porque no todo el mundo reconoce sus pecados. El soberbio no reconoce su pecado. El altivo no reconoce su pecado. Pero también Dios nos ha dado la gracia de reconocer nuestros pecados. Dice Juan, primera de Juan 1.8. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. Estamos engañados. Estamos equivocados. Vivimos en nuestra mentira. y andamos en tinieblas.
Y no sólo reconocerlo, hay que confesarlo a Dios. Ese es el principio, y esa es la actitud correcta de todo cristiano, de todo cristiano. Yo no puedo decir que no tengo pecado, yo tengo pecado.
Luego, dar frutos dignos de arrepentimiento, es decir, reconocer nuestro pecado, confesar nuestro pecado y que esa confesión se vea reflejada en un fruto. No es sólo decir lo siento, perdóname, me equivoqué, no lo vuelvo a hacer más, no. Eso hay que corregirlo, hermano, hay que corregirlo por causa del Señor, por causa de nuestra alma, porque eso es lo que está en juego. Lo que está en juego, hermano, es nuestra alma. Y la gloria de Dios por sobre todas las cosas.
Solamente hay perdón de pecados a través del arrepentimiento y más nada. No se puede, hermano. El Señor no perdona si no hay arrepentimiento y sus obras dignas de arrepentimiento. Si no, no hay arrepentimiento. Si no, es una hipocresía de nuestra parte. Si no hay fruto visible, no hay un verdadero cambio. Cualquiera que confiese salvación y no tiene fruto, lo más probable es que no sea salvo. Porque precisamente ese es el principio de la salvación, que el creyente debe dar fruto. Inicialmente se cree con el corazón para arrepentimiento, para arrepentimiento para vida, pero eso es evidente por el fruto y nada más. Si no hay fruto, no hay salvación. No hay excusas, no hay pretextos de ningún tipo.
Vamos a leer Lucas capítulo 3, verso 7. Lo pueden buscar o si no, yo se los leo, hermano, pero atendamos esto que es muy importante. Antes de que aquellos judíos fariseos vinieran al Jordán para ser bautizado por Juan, respondiendo al llamado del bautismo de arrepentimiento, donde nosotros sabemos que ellos venían y confesaban sus pecados, públicamente el bautismo que predicaba Juan.
Juan les dice, después de decirles, no, generación de víboras, que eso es fuerte, hermano. Y hermano, el llamado al arrepentimiento no es para que hiera la sensibilidad de nadie. Nosotros, es bueno que se nos hable de eso. De ninguna manera eso a nosotros nos debe de ofender, porque eso es lo que somos, pecadores. O sea que cuando nos dicen pecadores, nos están diciendo la verdad. Y Él les dice, no comiencen a decir dentro de vosotros, en sus corazones, Abraham es nuestro padre, porque eso no sirve para nada. Eso no le sirve para nada. Eso nosotros lo podemos decir, hermano. Ah, no, yo soy religioso, yo no le hago, yo no hago mal, yo soy religioso. Eso de hacerle mal a nadie, no, no, eso yo no lo hago.
No comiencen a decir dentro de vosotros que son hijos de Abraham, porque eso no sirve. Dios puede levantarle hijos a Abraham aún de estas piedras. No comiencen a decir tenemos a Abraham por padre, porque ese era el primer argumento de los judíos, la religión, que eran del linaje de Abraham. que eran el pueblo escogido. Y Juan le dice, no, eso no sirve. Hay que hacer frutos dignos de arrepentimiento. Frutos dignos de arrepentimiento. Esa frase, hermano, nosotros, la frase clave esa la encontramos en el verso, en el verso 8, 3, 8. Dice, hace pues frutos dignos de arrepentimiento.
Porque hay un fin, hay un fin. El fin, hermanos, es la ira de Dios. Dice, si sigo leyendo, hermanos, dice, y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego. Esa es la ira de Dios. Es decir, hermano, que para ser librados de esa ira venidera, tenemos que arrepentirnos. Hacer frutos dignos de arrepentimiento, si no la ira, la ira de Dios nos alcanzará. Irremediablemente. Irremediablemente.
Al igual que la misericordia. Nosotros no conocemos la justicia de Dios. Si Dios nos hubiera aplicado su justicia, hubiéramos sido condenados. Pero Dios no nos aplicó su justicia, Dios nos aplicó la misericordia en Cristo. Por lo tanto, todo aquel que no practica la misericordia, juicio sin misericordia, se hará contra tal.
O sea, hermano, que el arrepentimiento es la vía de escape que Dios nos da, es la puerta para que nosotros huyamos Pero tiene que ser un arrepentimiento sincero, solemne. El árbol que no lleva fruto, porque hay árbol que no lleva fruto, ni bueno ni malo, va a ser cortado. Dice que el hacha ya está puesta, está lista. Eso es lo que el Señor dice, que está listo para juzgar a los vivos y a los muertos. Está preparado. El hacha está puesta.
Veremos nuestras almas, hermano, y arrepintámonos y hagamos frutos, nosotros también dignos de arrepentimiento. Si no lleva fruto, va a ser cortado. Si lleva fruto malo, será cortado. En el reino de los cielos solamente van a entrar aquellos que llevan fruto bueno. Aquel que lleva fruto bueno y practica la justicia, sucede algo maravilloso. Dios lo va a limpiar. Le va a cortar aquello que no sirve. Va a quitar aquello que le impide llevar más fruto para que lleve más fruto. Y eso es lo que predica Juan, arrepentido. No digan, no se excusen, sino arrepiéntanse y hagan fruto, y den fruto.
Ahora, en medio de esta incredulidad de este pueblo que viene, ¿no?, donde algunos creían, otros no creían, unos decían otra cosa y otros decían una cosa, la palabra hace su efecto. La palabra vino e hizo efecto en ellos. Siempre, hermano, siempre hay alguien que escucha. Y eso lo vemos en la respuesta de la gente. La gente comenzó a preguntar. Y en el verso 10, nosotros leemos que dice, y la gente le preguntaba diciendo, ¿ve? Preguntaba diciendo, ¿qué hacemos? Porque no sabían qué hacer. Aunque tenían la ley y todo eso, ellos no sabían qué hacer, hermano. Preguntaban diciendo, ¿qué haremos? ¿Qué haremos? Y ahí, hermano, entra la obra del espíritu. La obra del Señor. ¿Qué haremos?
Y aquí encontramos una lista también, hermano, de muchos pecados comunes en aquel tiempo y en nuestro tiempo. Hay que poner atención a estos pecados, hermano. Bueno, Él dice, respondiendo, le dijo, el que tiene dos túnicas, dé al que no tiene. Y el que tiene que comer, haga lo mismo. Vamos a detenernos ahí un momentico, hermano. ¿Qué es lo que Juan está diciendo con esto? Si verdaderamente ustedes se han arrepentido, ustedes van a practicar la misericordia. Practiquen la misericordia, que de eso se trata, hermano. El hecho de dar una túnica al que no tiene, hermano, de no dar la túnica, porque tú puedes tener dos, y tu hermano no tiene ninguna y tú tienes dos, de que tú no se la des. Es un acto, eso es indiferencia.
Ahora hermano, esto tenemos que verlo con el carácter bíblico. Recuérdese que estamos hablando dentro del pacto. Si tú en el pacto, tú ves a un hermano tener necesidad, ¿y qué dice el Señor? Y tú cierras tu corazón contra él. Olvídate, la religión es falsa, punto. Porque, ¿cómo tú dices que tú amas a tu hermano que tú ves? ¿Cómo tú dices que amas a Dios que no ves? ¿Cómo es que dice que tú amas a Dios que no ves? Y tu hermano que está ahí, que tú lo ves con la necesidad. Y tú no das un paso al frente. Eso es falso. Dentro del pacto, no es que nosotros andemos regalando lo que tenemos. Dentro del pacto, una necesidad válida, una necesidad visible que se vea, y tú cierras tu corazón. Oiga cómo lo dice el Señor, hermano. Es indiferencia. Y eso es ampliamente detallado en la escritura y la comida. No es que la comida, oye hermano, darle de comer al hambriento, pero eso no es nuevo, eso ya existía.
Cuando el Señor por medio del profeta Isaías le dice, ¿Cuál es el ayuno que yo establecí? Que ustedes andan cargando la carga pesada de la ley y que se sienten en silicio. No es que partas tu pan con el hambriento. y que vistas aquel que está desnudo, que no tiene ropa, eso es la misericordia. Y en esencia, hermanos, la ley, eso era lo que perseguía, la misericordia. Y eso es lo que Juan está diciendo. Ser misericordioso no es nada nuevo, esa era la esencia de la ley.
Entonces, aquí lo que Juan ataca es el pecado de la indiferencia. Es decir, no sean indiferentes, que partas tu pan con el hambrín. Que cuando veas al desnudo, lo cubras. Oiga lo que dice, hermano. Esto lo dice Isaías, dice, y no te escondas de tu hermano. No te escondas de tu hermano. No te hagas de la vista gorda, viendo que tu hermano tiene necesidad. Tu hermano, no el de afuera, tu hermano. Y eso ataca, Juan, fruto digno de arrepentimiento. De otra manera, hermano, sería crueldad. Eso es cruel. Tener y ver a tu hermano, eso es ser cruel.
De nuevo, tenemos que verlo con el sentido bíblico que el Señor nos enseña. Ah, vinieron también unos publicanos. Vinieron también unos publicanos, dice el verso 12, para ser bautizados, dijeron, maestro, ¿qué haremos? Este es otro tipo de persona. Otro tipo de persona. Que se hacían ricos. Ese era el pecado de ellos. El pecado de ellos era la avaricia. Ellos se hacían ricos. Cobrando más de lo que les estaba permitido y se enriquecían robando. Porque eso era lo que hacían. Eran ladrones. Saqueo era uno de ellos. ¿Y qué pasó con saqueo, hermano, cuando el Señor le dice saqueo? Baja, porque hoy es necesario posar en tu casa. ¿Qué hizo saqueo? saqueó, se arrepintió, dio frutos dignos de arrepentimiento. Y el Señor dijo, hoy ha venido la salvación a esta casa.
Bueno, hermanos, los publicaron. Nosotros sabemos que eran aquellos judíos que estaban al servicio del imperio, pero eran unos sinvergüenza. Porque ellos cobraban más de lo que les estaba permitido y se echaban a la bolsa. lo que sobraba, ¿no? Por eso el saqueo dice, si en algo he defraudado a alguien, yo se lo voy a dar cuatro veces, creo que es que dice, ¿no? Para estar seguro. O sea que él sí sabía que lo había hecho y eso era lo que sucedía, hermano. Y que lo que le dice el Señor, que lo que le dice el Señor por medio de Juan, le dice, no exijáis más de lo que se está ordenado. No sean ábaros, no sean ladrones.
Ahora tenemos otro ejemplo, hermano. Vinieron también unos soldados. Los soldados son aquellos que estaban, los que eran guardianes de la ley, ¿no? Los soldados, policías. Y le preguntaron diciendo, ¿y nosotros qué haremos? Y él les dijo, no hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis. y contentados con vuestros salarios.
¿Cuál era el pecado de estos soldados? Bueno, Manuel, el pecado de estos soldados era que pervertían la justicia, extorsionando a la gente, sobornando a la gente con el objetivo de enriquecerse también. Le inventaban cargos a la gente, los metían presos posiblemente. Calumniaban a la gente, hermano. Y el derecho se pervertía, no había justicia. Eran judíos, todos eran judíos, hermano. ¿Se acuerdan cuando Habacuc decía, Señor, qué es lo que yo veo? Que el impío persigue al justo y la justicia sale torcida. Bueno, siempre salió torcida la justicia. Y ese era el pecado de los, de estos hombres. Estos son pecados horribles, hermano, contra Dios. Estos hombres hacían acusaciones falsas contra la gente, amenazaban, chantajeaban para obtener dinero por ganancia de su lector. Y el Señor les dice por medio de Juan, contentado con vuestro salario. Estos son pecados horribles contra Dios, hermano.
¿Y con cuál de estos nosotros nos podemos identificar? Y si no son estos, hermanos, pues son otros, son otros. Una simple palabra contaminada de nuestra boca nos hace culpables, y por ello tenemos que arrepentirnos. El Señor dice, ninguna palabra contaminada, y eso es un mandamiento, una simple palabra, una simple ofensa, es motivo para que nosotros nos arrepentamos. Un pensamiento que nadie lo ve, que está ahí en nuestra mente, Eso es razón por la cual nosotros tenemos que arrepentir. Luchemos por ello, hermano, no perdamos el galardón.
Ahora, el arrepentimiento interno, hermano, que nosotros vemos en nuestro pasaje en el que leímos, Segunda de Corintios, capítulo 7, Ellos reciben la carta y la carta hace el efecto esperado. Qué maravilloso, hermano. Estos hombres leen la carta y se compungen de corazón. Dice que fueron contristados. Dice el verso 8, capítulo 7, verso 8, porque aunque os contristé con la carta, no me pesa. Pero en realidad no fue Pablo quien contristó a los corintios con la carta, fue Dios, hermano. Porque Dios es el que contrista los corazones para bien de su pueblo. Porque eso es lo que busca el Señor. Como estudiamos esta mañana, el Señor buscaba el corazón de David. Dios busca el corazón de los corintios y así busca el corazón nuestro para bien. para librarnos de la ira venidera. Porque eso es lo que decía Juan, dice, ¿quién os hizo huir de la ira venidera? ¿Qué produjo en los corintios de que ellos hayan sido contristados, de que hayan sido afligidos? No fue Pablo quien los contristó, la carta redactada por Pablo, la palabra de Dios fue la que vino a ellos. e hizo el efecto deseado en el corazón de ellos, hermano. Los frutos como respuesta a esa tristeza fueron los esperados según Dios. Y así debemos responder nosotros también, hermano. De nuevo, no enojándonos cuando nos amonestan. No murmurando, hermano, sino como cristianos que profesan piedad. Así debemos responder.
Y oiga, hermanos, lo que en ellos esta carta provocó. Si leemos el verso 11, dice, porque es aquí esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¿qué solicitud produjo en vosotros? ¿Qué defensa? ¿Qué indignación? ¿Qué temor? ¿Qué ardiente afecto? ¿Qué celo? ¿Y qué vindicación? Dice, y en todos habéis mostrado limpios en el asunto. En todos salieron hermanos bien. No hubo nada que reprocharle. En todos salieron bien. Salieron íntegros en todo esto. Dios obró en ello. El Espíritu Santo vino a ello y obró, hermano, por la gloria de Dios.
La nueva versión internacional tiene algunos cambios, hermanos, y se los voy a leer. Dice, qué afán por disculparse, qué indignación, qué anhelo, qué preocupación, qué disposición para que se haga justicia. Se parece bastante, pero tiene algunos cambios. Pero, en resumen, es lo mismo. Esto fue lo que produjo, hermano. Y eso es importante, hermano, porque después de darnos cuenta, conscientes de que hay que hacer arreglos, así como los corintios debemos nosotros, hermano, debemos reaccionar. Y es evidente que los corintios corrigieron muchas prácticas equivocadas, hermanos. Y aquí nosotros podemos ir en detalle de estas, de estas cosas un poco más en detalle.
Por ejemplo, dice, ¿qué solicitud produjo en ello? ¿Qué cosa solicitó, hermano? Bueno, ellos rápidamente reaccionaron a la carta. El Espíritu los compungió, los entristeció y ellos reaccionaron prontamente, diligentemente. Porque eso requiere diligencia, hermano. El corregir los pecados requiere mucha diligencia de nuestra parte. Y en eso, ellos salieron aprobados. Ellos diligentemente se apartaron, aceptaron el pecado y diligentemente pusieron manos a la obra para corregir aquello que estaba deficiente.
Por eso dice, ¿qué solicitud produjo en vosotros? Si leemos el verso 11, dice, ¿qué solicitud produjo en vosotros? Fueron prontos para reaccionar. Igual que lo que hizo el rey David, el profeta David y él reaccionó pronto. Peque contra Noah. Eso es evidente, hermano. Esa es una buena señal. Esa es una buena evidencia de que estamos por el buen camino. Cuando somos amonestados, reaccionamos. No nos enojamos. Al contrario, bendecimos a aquel que nos amonesta.
El Espíritu obró, hermano, de tal manera que su actitud fue rápida. La carta los entristeció y esa carta los llevó al arrepentimiento.
Dice, ¿qué defensa produjo? Pero no dice defensa, dice, ¿qué defensa? Fue algo, hermano, muy visible. Dice, ¿qué defensa? Como cuando nosotros decimos algo grande, pero cuando decimos qué grande, quiere decir que es más grande. ¿Qué defensa? ¿Defensa de qué, hermano? Defensa de la palabra de Dios. Defensa de la verdad de Dios. Eso es reconocer, hermano, que Dios es veraz en todo lo que dice.
Cuando seamos amolestados, Dios es veraz. somos nosotros lo que tenemos que corregir y entrar en esa en esa en esa voluntad en ese en ese marco que el señor nos da reconocer que dios que dios es veraz y que hay que someterse y que hay que por causa de dios defender el testimonio que tenemos hermano lo peor de todo es pisotear el testimonio de dios que siendo nosotros cristianos pequeños Eso es horrible, hermano. Y peor aún, recibir la amonestación y no reaccionar.
Nosotros hemos tenido casos, hermano, donde nosotros hemos amonestado bíblicamente a alguien y esa persona se ha enojado de tal manera, de tal manera. Pero eso es una mala señal.
Defender el testimonio, eso es empeño, dice la nueva versión internacional. ¿Qué empeño? ¿Qué indignación? Eso también produjo en ellos, indignación. Pero fue una indignación buena. Indignación, la palabra produjo en ellos enfado, dice otra versión. Enfado, ¿pero enfado contra quién, hermano? Bueno, enfado contra ellos mismos. Porque no veían el pecado, no corregían hasta que Dios viene y los entristece. Y entonces ellos reaccionan y, Y ellos se enojan contra ellos mismos por causa del pecado. Y eso es lo que hace la palabra, hermano. La palabra llega al corazón indigna, ¿no? El cómo nosotros actuamos por nuestro pecado, que pecamos y somos indolentes y no nos importa y tenemos por poco el arrepentimiento. y volvemos y caemos, somos reincidentes. Ahí vamos, ahí vamos, ahí vamos.
Y la palabra hermano llega y nos reprende y nosotros podemos ver la perversidad del pecado. Fíjense hermano que cuando se habla del pecado se dice la maldad del pecado, la perversidad del pecado. Es decir, no es solo el pecado en sí, De lo cual nosotros hablamos mucho y de la Biblia habla. Pero si no, más la maldad del pecado, la perversidad del pecado, el poder del pecado. Pero eso produce en ello indignación. Que produzca en nosotros indignación, hermano. Que produzca solicitud. Que produzca en nosotros defensa de la verdad. Que produzca indignación por haber pecado.
¿Qué dice Jeremías? Dice, ¿por qué se lamenta el hombre viviente? ¿Cuál es nuestro lamento? ¿Por qué? ¿Por qué nos lamentamos, hermano? ¿Por qué lloramos? ¿Por qué nos entristecemos? Deberíamos de entristecernos, lamentar y llorar por el pecado. Esa debe ser nuestra indignación, hermano. Ojalá, y eso, que la palabra produzca eso, en nosotros.
Les voy a leer un salmo hermano, el salmo 141 verso 5, oiga lo que dice, dice, creo que este es un salmo de David, dice, que el justo me reprenda será un excelente bálsamo. Que me reprenda será un excelente bálsamo, oiga eso hermano.
Imagínense ustedes que no nos reprendan, que nadie nos diga lo mal que estamos haciendo, Si Dios no viene y nos dice lo mal que estamos haciendo, ¿cómo nos vamos a arrepentir, hermano? ¿De qué manera? Si nosotros no podemos arrepentirnos. Necesitamos la obra del Espíritu que nos entristezca, que nos compunja el corazón, que nos guíe al arrepentimiento, que corrijamos lo deficiente.
Dice, será un bálsamo. Que alguien te diga lo que está mal. y te indigne, no contra el que te amonesta, sino contra ti mismo. Eso es una bendición, hermano. Eso es una buena señal, porque eso crea un corazón manso, hermano. Ese corazón que es malo.
La Nueva Versión Internacional dice, ¿qué afán por disculparse? ¿Eh? Afán por disculparse, por pedir perdón si nos hemos, si hemos ofendido. Pide perdón, hermano. Pide perdón. Y perdona cuando vengan a ti pidiéndote perdón también. Eso es una buena señal. Estamos en el camino correcto.
Y también dices, ¿qué temor? ¿Qué temor? ¿Temor a qué? Temor a Dios, que es el principio de la sabiduría. Al reconocer el pecado, hermano, y el Señor viene y te dice, arregle eso. Eso da temor, eso da miedo. Debería de dar temor, debería de dar miedo.
Dice, el hacha ya está puesta. ¿Quién los hizo huir de la ira venidera? Hace frutos dignos de arrepentimiento. Temor es con el deseo de arreglar lo deficiente. Temor para caminar delante del Señor. Temor de volver a caer en la misma práctica. Temor de ofender a Dios una y otra vez.
La práctica del pecado. la cual el Señor decía que es como un humo delante de mi nariz, una hoguera continua, un fuego ahí donde uno está hermano y el humo dándole en la nariz a uno constantemente. Así decía el Señor, que es la práctica del pecado. Qué temor.
Y después dice que, después de temor, dice que ardiente afecto, Qué ardiente afecto, la nueva versión internacional dice que anhelo, el deseo ferviente hermano, no un deseo ahí entre que sí, entre que no, que medio que me arrepiento, medio que no me arrepiento, no, confesemos nuestros pecados. Confesémoslo de corazón, hermano. Arrepintámonos de corazón también.
Que produzca en nosotros ese ardiente anhelo, el profundo deseo de hacer lo que es correcto y no de volver a hacer lo que está mal. Porque esa es la tendencia de nosotros, hermanos, sube y baja, sube y baja, sube y baja. Así era la iglesia de Coríos. Y así será siempre, hermanos, es así.
Cuando nosotros no estemos, otra generación del Señor levantará. Y será igual. Habrán pecados en la iglesia. Pero nuestra lucha, hermanos, debe ser luchar en contra del pecado, luchar siempre.
¿Qué anhelo, dice? ¿Qué profundo deseo de cumplir sus mandamientos, de poner por obra su palabra, de practicar la verdad? De eso se trata. Eso es lo que David decía. Decía, yo voy a correr en tu camino cuando tú ensanches mi corazón. Un ardiente deseo. Que produzca eso el espíritu en nosotros. practicar la verdad, guardar los mandamientos del Señor.
Y después de ese afecto, dice que celo, celo, celo santo, celo, celo por obedecer. Al final, hermano, todo es un resumen en realidad. Celo, celo, ¿por qué? Celo por la palabra de Dios. Celo por la iglesia de Dios. Celo por los mandamientos de Dios. por obedecer a Dios, amarlo solo a Él. No podemos amar a dos señores, tenemos que amar solo a Dios.
Celo por buscarlo solo a Él en todo tiempo, celo por la oración, celo por la iglesia, por los hermanos, por la comunión, por predicar el Evangelio, amar su nombre, amar a Cristo, amar su espíritu, amar su reino, Celo por dejar lo malo, por seguir lo bueno. Hacer lo que es bueno. Celo. Dios nos cela, hermanos. Dios nos anhela celosamente. Es el mismo celo, porque es el celo que viene del espíritu. Celo por Dios.
Nosotros no deberíamos amar a nadie más que a Dios, primeramente. Y todos los demás amores, hermanos, son, se desprenden de ese amor. Pero Dios debe ser nuestra prioridad primero. Él acomoda todas las demás cosas. No nos preocupemos por eso. Más buscar primeramente el reino de Dios y su justicia.
Claro, cuando dice el reino de Dios, hermano, es Dios, el rey. Y después todas aquellas cosas que contribuyen a edificar ese reino, que es la predicación, la comunión, la oración y todos los medios de gracias que el Señor nos ha dado. Ocuparnos en ellos, es lo que quiere decir.
Y después, hermano, de qué celo, dice, qué vindicación, vindicación. Qué vindicación. Bueno, la nueva versión internacional dice, qué anhelo por hacer, qué disposición para hacer justicia, para que se haga la justicia. Para que se haga la justicia. Dios, hermano, debe ser, debe ser vindicado y glorificado. Qué anhelo porque se haga la justicia divina. Eso es lo que el Señor Jesucristo dijo en el Padre Nuestro. Venga a tu reino, hágase. tu voluntad. Porque eso es lo que nosotros queremos, hermano, que el reino de Dios venga y que se haga la voluntad, que Dios sea santificado, que Dios sea vindicado y glorificado.
Eso es lo que produce el espíritu en nosotros cuando reconocemos nuestro pecado, nos arrepentimos, la gracia actúa en nosotros. La gracia no actúa en el hipócrita, no actúa en el soberbio, la gracia no funciona. Porque Dios resiste al soberbio, lo mira de lejos, no lo quiere, lo resiste. Dice, pero da gracia a los humildes. Y eso es lo que nosotros buscamos, la gracia de Dios.
Y Dios debe ser glorificado en nuestras vidas, hermano. Sea que nos pasen cosas malas, sea que nos pasen cosas buenas, Dios debe ser vindicado, glorificado. Los dos hijos del sacerdote Adaron murieron ahí en presencia del Señor. Y ahí Dios fue glorificado. Tenemos que tener eso en cuenta, hermano. Y eso produjo en los Corintios la tristeza para arrepentimiento que fue según Dios. Produjo ahí una vindicación de que lo que Dios decía es verdad, lo que Dios dice es verdad.
Y eso es lo que nosotros leemos en el Salmo 51, que también lo leímos esta mañana. Contra ti he pecado, sólo contra ti, y echo lo malo delante de tus ojos. Esa es una confesión verdadera, hermano. Porque nosotros contra Dios es que pecamos. Y sólo contra Dios. Pero el reconocimiento ese, vindica a Dios. ¿Por qué? Porque dice, para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio. Eso es explícito, hermano. ¿Para qué? Porque lo que Dios hace está bien. Lo que nosotros hacemos es lo que está mal. Y lo que Dios quiere es corregirnos a través de esta gracia preciosa del arrepentimiento. Y si al final la voluntad de Dios se hace en nuestra vida, Dios es glorificado. Y lo es. Y lo será. Porque la palabra de Dios hace lo que Dios la envía a hacer. Y eso lo produjo en los Corintios.
para que tú seas reconocido justo, Dios es justo. Y nosotros tenemos que ajustarnos a lo que Él dice, tenemos que hacer su voluntad y no la nuestra. Porque tú eres bueno, porque Él es bueno, porque Dios es bueno y yo soy malo. Porque Él es verdad, Él tiene la verdad, Él conoce, Él es la verdad, yo no soy la verdad. Él es el creador, yo soy la criatura. Es decir, hermano, que la palabra le da la razón a Dios. Dios siempre tiene la razón. Dios es vindicado. Dios siempre es glorificado.
Y eso es lo que busca, finalmente, esa tristeza, ese arrepentimiento, que es según Dios. Porque el arrepentimiento, hermano, que es según el mundo, produce tristeza. Porque tú puedes hacer algo malo en el mundo, ¿y el mundo de qué va a arrepentirse si no reconoce el pecado? Le da igual. Eso es muerte al final. Pero lo que Dios quiere, hermano, es llevarnos a ese bien eterno, los pensamientos de paz que Él tiene, para que nosotros entremos ahí en su propósito.
Dios es verdad. Su palabra es la verdad. Él siempre dice la verdad. Esas reacciones, hermanos, son normales, deben ser normales en nosotros. Y si no entendemos esto, hermanos, tenemos que comenzar a meditar en ello y a practicarla.
Concluimos, hermanos, no se alcanza el reino de los cielos sin arrepentimiento. Arrepentidos, dijo el Señor. Ese arrepentimiento original para salvación. Pero después tenemos que arrepentirnos continuamente.
Pero el arrepentimiento, hermanos, tiene un ingrediente Tiene un crediente, por decirlo así, sublime, supremo. No puede haber arrepentimiento sin Cristo, el Señor. Déjenme leerles un momentico el capítulo 5 de la confesión.
Tal es la provisión que Dios ha hecho a través de Cristo en el pacto de gracia para la preservación de los creyentes para salvación que, si bien no hay pecado tan pequeño que no merezca la condenación, no hay, sin embargo, pecado tan grande que acarree condenación a aquellos que se arrepienten. Eso es una maravilla. Sí, podemos arrepentirnos, pero Cristo es el que lleva el arrepentimiento, porque Él es el que intercede. El sacerdocio de nuestro Señor Jesucristo no ha terminado. Él vive para interceder por su pueblo.
Cuando nos vayamos a arrepentir, hermanos, arrepintámonos en Cristo Jesús, porque Él es el que lleva nuestro arrepentimiento. Recuérdense que hay un solo Mediador, hay un solo Dios y un solo Mediador, Cristo Jesús. Nuestras oraciones son a través de Cristo. Nuestro perdón es en Cristo Jesús. y nuestro arrepentimiento debe ser en Cristo Jesús, nuestro gran Dios y Salvador, por quien tenemos el arrepentimiento para vida eterna. Sin Cristo no hay arrepentimiento.
Así que, hermanos amados, los animo a que practiquemos, hermanos, los frutos dignos de arrepentimiento, que el Señor nos ayude porque no es fácil esta tarea. Vamos a orar, hermanos, Y así nos despedimos, no sin antes recordarles que el miércoles oramos. Estamos aquí a las siete y media. Necesitamos orar. Fabio, nos dirige en oración, por favor, y así terminamos. Amén.
Un Arrepentimiento Continuo
Un Arrepentimiento Continuo
| Sermon ID | 12225192304320 |
| Duration | 58:12 |
| Date | |
| Category | Sunday - PM |
| Bible Text | 2 Corinthians 7:10-12 |
| Language | Spanish |
© Copyright
2026 SermonAudio.